"Participante en la tribulación y en el reino y en la paciencia"

(Apocalipsis 1:9)

Dr. Nadir Carreño M. CHILE
XX Congreso de la ALADIC, Lima-Perú.
Lunes 1 de Febrero 2009

Mensaje Inagural

El autor humano de estas palabras inspiradas por el Espíritu Santo es sin duda el Apóstol Juan. No hubo en esa época ningún otro Juan que pudiera ser identificado exclusivamente por su simple nombre.

            Y tratándose de él, llama la atención que se califique de: “Vuestro hermano”, porque aunque había jerarquía entre los apóstoles, es indudable que Juan ocupaba un lugar prominente entre ellos:

“Y como vieron la gracia que me era dada, Jacobo y Cefas y Juan, que parecían ser las columnas, nos dieron las diestras de compañía á mí y á Bernabé…”  (Gálatas 2:9)

            Sin embargo, humildemente, se identifica con todos los creyentes como su “hermano”, igual como lo hace Pedro en 1ª  Pedro 5:1-3:

           
“Ruego á los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de las aflicciones de Cristo, que soy también participante de la gloria que ha de ser revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, teniendo cuidado de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino de un ánimo pronto; Y no como teniendo señorío sobre las heredades del Señor, sino siendo dechados de la grey”.

Todos los creyentes y especialmente los dirigentes, debemos ser humildes si queremos ser usados por Dios.

Notemos el caso extraordinario de un dirigente de la talla de Moisés:

“Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra,” (Números 12:3).

Pero no siempre había sido asi:

“Y en aquellos días acaeció que, crecido ya Moisés, salió á sus hermanos, y vió sus cargas: y observó á un Egipcio que hería á uno de los Hebreos, sus hermanos. Y miró á todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al Egipcio, y escondiólo en la arena.”(Éxodo 2:11,12)

Fue una dura y larga disciplina delante de Dios lo que produjo el cambio y no será diferente con nosotros, si queremos glorificar a Dios con nuestra humildad sincera y gozar en su servicio. El Señor requiere intensamente esto de nosotros:

“Venid á mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.” (Mateo 11:28,29).

Solo la humildad trae descanso, pero ¡solemos ser tan soberbios! Tenemos que aprender la lección de humildad de Juan y esta debe marcar un enorme contraste con la soberbia y autoritarismo de los sacerdotes y jerarcas católico-romanos, como también de los dirigentes carismáticos.

Juan estaba unido con los creyentes atribulados, a los cuales escribe, en tres aspectos: En la tribulación, en el  reino y en la paciencia de Jesucristo.

En la tribulación

No hay hijo fiel del Señor que no tenga que sufrir tribulación:

“Carísimos, no os maravilléis cuando sois examinados por fuego, lo cual se hace para vuestra prueba, como si alguna cosa peregrina (o extraña) os aconteciese;” (1ª Pedro 4:12).

“Acordaos de la palabra que yo os he dicho: No es el siervo mayor que su señor. Si á mí me han perseguido, también á vosotros perseguirán: si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra”. (Juan 15:20).

“En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo.”(Juan 16:33b).

Aquellos a los que escribió Juan compartían con el la persecución física; cárcel, muerte, tortura, destierro, por eso podían entender muy bien lo que les escribía y ser consolados por sus palabras.

Aunque hay muchos hermanos nuestros que tienen que sufrir ahora mismo esta clase de persecución, la mayoría de nosotros no tiene que sufrirlas. Pero si tenemos que experimentar el disgusto del mundo, con nuestra vida y conversación santa y con nuestra firmeza doctrinal y fidelidad a nuestro Dios, por las cuales aún los que se autodenominan “evangélicos”, como también los modernistas y los humanistas, nos atacan encarnizadamente.

Este ataque consiste en burlas descalificadotas, como decir que somos anti-intelectuales, ignorantes, retrógrados y puede llegar hasta el insulto, el intento de perjudicarnos y a considerarnos necios, hipócritas, desubicados y hasta enemigos de la humanidad.

Repito que esto es natural y de esperarse que sea así, porque

“Mas el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura: y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente.” (1ª Corintios 5:14).

Pero hay muchas otras clases de tribulaciones que tenemos que sufrir. Una muy dolorosa es la incomprensión y oposición de nuestros seres más queridos cuando nos convertimos al Señor o cuando le servimos ardientemente. Por esto último un esposo o esposa, una madre o un padre, puede ponerse celoso del Señor y oponerse muy intensamente a nuestra devoción y entrega a Él.

Hay también luchas íntimas que nos llevan a negarnos a nosotros mismos y a doblegar firmemente con el poder del Espíritu Santo tendencias, instintos, defectos de carácter, aspiraciones pecaminosas, manifestaciones del viejo hombre, cuyo sojuzgamiento puede ser muy doloroso. Pablo decía:

“Así que yo de esta manera corro, no como a cosa incierta; de esta manera peleo, no como quién hiere el aire, antes hiero mi cuerpo y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado” (1ª Corintios 9:2627).

Tenemos que sufrir además por el fiel servicio al Señor. Tanto privaciones físicas y fatigas y cansancio para realizar los trabajos que demanda el Señor, como el sufrimiento que trae el hacer ese servicio con verdadero amor a las almas, por el cual a nuestros propios problemas se agregan los de aquellos a los cuales ministramos, cuyas dificultades pesan sobre nosotros como si fueran propias o de hijos literales nuestros. El mismo apóstol Pablo dice también:

“Sin otras cosas además, lo que se a mí se agolpa cada día, la solicitud de todas las Iglesias. ¿Quién enferma y yo no enfermo? ¿Quién se escandaliza y yo no me quemo?” (2ª Corintios 11:28,29).

Gabriela Mistral, en uno de sus poemas, que es una oración, dice: “Señor, tu sabes que amar es dura cosa”.

Cuando sufrimos por las causas que he mencionado debemos gozarnos, porque nos hace participar de los sufrimientos de Cristo:

“Antes bien gozaos en que sois participantes de las aflicciones de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis en triunfo” (1ª Pedro 4:13).

 

            Además nuestras tribulaciones nos hacen compañeros por causa de ellas, del mismo apóstol Juan y de todos nuestros hermanos de toda la historia de la Iglesia que han sido y son tan duramente perseguidos:

            “Al cual (al diablo) resistid firmes en la fe, sabiendo que las mismas aflicciones han de ser cumplidas en la compañía de vuestros hermanos que están en el mundo” (1ª Pedro 5:9).

Esta tribulación que proviene de seguir a Cristo muy de cerca, de tener comunión íntima con Él, nos lleva a acercarnos más a Él, a conocerle mejor, a participar de su carácter y esto nos fortalece en la fe: Sufrimos en carne, pero gozamos y nos fortalecemos en el Espíritu.

             Si no fuéramos de Cristo no tendríamos estas clases de tribulaciones y gozaríamos de la paz engañosa del mundo. También hay creyentes que no son perseguidos porque se acomodan al mundo, del cual no se distinguen ni se diferencian en nada. Se mimetizan con el mundo y así escapan a su persecución. Además hay creyentes que no son perseguidos porque acomodan la verdad de la palabra de Dios a las falsas teologías y filosofías de moda.

En el reino

            Cuando sufrimos por Cristo queda en evidencia que formamos parte del reino de Cristo, que el gobierna nuestra vida, que vivimos para Él.

            “Así que ninguno de vosotros padezca como homicida o ladrón o malhechor o  por meterse en negocios ajenos. Pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, antes glorifique a Dios en esta parte” (1ª Pedro 4:15,16).

            “Si sufrimos, también reinaremos con Él…” (2ª Timoteo 2:12).

            Tengamos presente que no es el sufrimiento, ni la persecución en si misma la que nos muestra como parte del reino, porque la carne es capaz de someterse a las más grandes torturas, sino la tribulación que padecemos por causa de nuestro eminente amor a Dios:

            “…si entregase mi cuerpo para ser quemado y no tengo amor, de nada me sirve” (1ª Corintios 13:3b).

            El reino de Cristo se manifiesta en diferentes formas y tiempos. En el caso que estamos considerando, hay dos formas y tiempos especialmente importantes para nosotros. Una es el establecimiento de ese reino en toda su gloria y poder, con todos los adversarios derrotados y puestos bajo los pies del Señor:

            “Luego el fin, cuando entregará el reino a Dios y al Padre, cuando habrá quitado todo imperio y toda potencia y potestad. Porque es menester que Él reine, hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies” (1ª Corintios 15:24,25).

“Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra en tanto que pongo a tus enemigos por estrado de tus pies” (Salmo 110:1).

Entre los enemigos que serán vencidos están la muerte, el pecado, Satanás y sus demonios y todos los seres humanos que afligen el pueblo de Dios. Entonces será una realidad presente Isaías 51:11:

“Cierto, tornarán los redimidos de Jehová, volverán a Sión a cantando y gozo perpetuo será sobre sus cabezas; poseerán gozo y alegría y el dolor y el gemido huirán”

Entonces gozaremos mucho más que todo lo que podamos haber sufrido aquí.

Pero no es necesario esperar hasta esa manifestación del reino de Cristo para que reinemos, porque desde que Él resucitó, ascendió a los cielos y se sentó en su trono a la diestra del Padre, reina en el corazón de todos los redimidos por su preciosa sangre, por lo cual ya ahora somos parte de su reino. Por eso dice 1ª Pedro 2:9 que somos: “Real sacerdocio” y Apocalipsis 1:6: “y nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios y su Padre…”

De modo que ya reinamos con Cristo, ya formamos parte de su reino invisible e invencible. Con esta fe y este ánimo y convicción debemos enfrentar toda tribulación, persecución y aflicción:

“’Por qué te abates oh alma mía, y por qué te conturbas en mí? Espera a Dios, porque aún le tengo de alabar. Es él salvamento delante de mí y el Dios mío” (Salmo 42:11)
           

En la paciencia

Uno de los frutos e la tribulación es la paciencia:

            “Y no solo esto, mas aun nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia.” (Romanos 5:3)

            “Sabiendo que la prueba de vuestra fe obra paciencia” (Santiago 1:3)

            “Para que la prueba de vuestra fe, mucho mas preciosa que el oro, el cual perece, bien que sea probado con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra, cuando Jesucristo fuere manifestado.” (1 Pedro 1:7)
                                                                                               
La paciencia es de inestimable valor, por lo cual el hecho que tenga que producirse, fortalecerse y crecer por medio de la aflicción y de dolorosas tribulaciones no debe hacernos desmayar, ni volvernos atrás:

            “Porque la paciencia os es necesaria, para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa, porque aún un poquito y el que ha de venir vendrá y no tardará. Ahora el justo vivirá por fe, mas si se retirare, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos tales que nos retiremos para perdición, sino fieles para ganancia del alma” (Hebreos 10:36-39).

Se requiere paciencia para perseverar en los caminos del Señor, bajo el fuego de la tribulación. Cuando nuestro Señor Jesucristo dice en Mateo 24:13 “Mas el que perseverare hasta el fin, éste será salvo”, no se refiere a la salvación eterna y final de nuestras almas, sino a que  el que persevera frente a todas las tribulaciones que nos produce nuestra fidelidad y fiel servicio al Señor al fin será librado de todas ellas. Es esta fe, entre otras razones, la que debe permitirnos sobreponernos a todas las tribulaciones, entre ellas al dolor que “Por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se resfriará” (Mateo 24:12).

Quisiéramos estar luego con el Señor, en la gloria y en lo posible que ocasionalmente reaccionemos como los creyentes mencionados en Apocalipsis 6:10:

“¿Hasta cuando, Señor Santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra?”.

Si así fuere, también nosotros tenemos que oír la respuesta del Señor a esos hermanos: “Y les fueron dadas sendas de ropas blancas y fuéles dicho que reposasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completaran sus consiervos y sus hermanos que también habrían de ser muertos como ellos” (Apocalipsis 6:11).

Aunque en nuestro caso no se trate de muerte, sino de sufrimiento por fidelidad al Señor.

Esperemos con paciencia, tal como lo haría el apóstol Juan y los atribulados creyentes a los que se dirige el Apocalipsis en primer termino. ¡Cuan preciosa e importante es la paciencia!.

“En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas” (Lucas 21:19).

“Empero si lo que no vemos esperamos, por paciencia esperamos” (Romanos 8:25).

“Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que sois llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportando los unos a los otros en amor” (Efesios 4:1,2).

“Que no os hagáis perezosos, mas imitadores de aquellos que por la fe y paciencia heredan las promesas” (Hebreos 6:12).

“Por tanto nosotros también, teniendo en derredor nuestro una tan grande nube de testigos, dejando todo el peso del pecado que nos rodea, corramos con paciencia la carrera que nos es propuesta, puesto los ojos en el autor y consumador de la fe, en Jesús, el cual, habiéndole sido propuesto gozo, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza y sentase a la diestra del trono de Dios. Reducid pues a vuestro pensamiento a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra si mismo, porque no os fatiguéis en vuestros ánimos desmayando” (Hebreos 12:1-3).

“Habéis condenado y muerto al justo y él no os resiste. Pues, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad como el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y tardía. Tened también vosotros paciencia; confirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor se acerca” (Santiago 5:6-8).

Conclusión

Como fieles soldados de Jesucristo, obedientes al mandato inspirado:

            “Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros de la común salud, me ha sido necesario escribiros amonestándoos que contendáis eficazmente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3).

            Sabemos que tendremos que someternos a trabajos y fatigas y que tendremos tribulación a causa de las persecuciones y oposición que Satanás y los que le sirven levantarán contra nosotros.

            Que por la gracia y poder de Dios no desmayemos, no volvamos atrás, no nos desalentemos, porque esas tribulaciones nos identifican como súbditos del reino de nuestro Señor e infaliblemente un día nos gozaremos en triunfo con nuestro rey victorioso y verificaremos cuán sabio fue soportar sin echar pie atrás toda la oposición de Satanás y los suyos, al descansar en el seno de nuestro Rey.

            Mientras Dios en su providencia le permite al Diablo y sus huestes afligirnos y combatirnos encarnizadamente sigamos adelante sin vacilación, con la paciencia de nuestro Salvador y Señor, sin amedrentarnos y mirando siempre a la gloria esplendorosa que espera a los fieles.

            “Yo Juan, vuestro hermano y participante en la tribulación y en el reino y en la paciencia de Jesucristo” (Apocalipsis 1:9).           

 

 

MENSAJES ALADIC
 
 
 
 
 
 
 
 
 


 

TEMAS ALADIC
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
WWW.ALADIC.ORG ®