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"Fieles hasta la muerte en tiempos peligrosos" (Efesios 5:16) Dr. Nadir Carreño M. CHILE Desde que nuestros primeros padres pecaron, el mundo siempre ha sido malo, pero es crecientemente malo. Pero ahora cualquier perversión que se produzca en un rincón de la tierra se propaga a toda ella con suma rapidez, a causa de los medios de comunicación masiva. Las Escrituras nos advierten con gran fuerza sobre estos tiempos malos, y, por ser malos, peligrosos, de los tiempos en que por la providencia de Dios nos ha correspondido vivir. II Timoteo 3: 1-8. I Timoteo 4: 1-2. II Pedro 3: 3: Los tiempos eran malos cuando Juan y Pablo escribieron: I Juan 5: 19: Gálatas 1: 4: Los tiempos son malos porque “el pecado reina con potencia, la piedad se debilita, la oposición del mundo se refuerza” (Bonnet y Schroeder). Hay toda clase de dificultades y conflictos, pero especialmente son moralmente corrompidos, llenos del engaño de los malignos y de toda forma de depravación humana, mientras la iglesia profesante va apostatando cada vez más y más profundamente. Es por esta apostasía que proliferan las sectas falsas, el modernismo o liberalismo teológico y el ecumenismo (con sus negaciones, su diálogo con los paganos y su corrupción mundana), el movimiento de “crecimiento” de la iglesia, el “evangelio” de entretención y el de la prosperidad, el carismatismo, la nueva “unción”, la nueva era, el ecologismo, la risa “santa”, el feminismo, la teología de la liberación, el movimiento homosexual, la disolución del matrimonio, la permisividad sexual, el aborto, la eutanasia, la música satánica en el mundo y la mundana en la iglesia, etc. Menciono este torrente de maldad para que nos demos bien cuenta de cuán malos son los tiempos. De algún modo esta tibieza, el espíritu de la iglesia de Laodicea, nos afecta a todos, porque ¿cómo podemos profesar que creemos en una maravillosa vida eterna, de bendición inexplicable y en una horrenda y espantosa condenación eterna, si tales realidades no llenan completamente nuestra mente y corazón y no son suficientes para que dediquemos todos nuestros mejores esfuerzos para la salvación de los perdidos? ¿Cómo nuestra fe en un Dios de inconcebible majestad, gloria, grandeza, bondad y misericordia no nos motiva para dárselo todo efectivamente a él y no nos hace abrir nuestros labios para alabarle y glorificarle sin cesar, y no nos hace rechazar toda liviandad, profanidad y amor por el mundo y lo que es del mundo? ¿Cómo podemos predicar sobre el pecado sin que nuestro corazón se acelere, pensando en su indecible maldad y desastrosas consecuencias para nuestra vida, para la de nuestros hijos, para la de nuestros hermanos en la fe y para la de todo el mundo, y cómo podemos exponer el evangelio fríamente, sin que nuestros ojos se inunden de lágrimas a causa de los que lo rechazan y nuestro corazón se regocije a causa de los que lo aceptan? ¿Cómo no estamos dispuestos a darlo todo y a gastarnos completamente en la proclamación ferviente, apasionada, de la gracia de Dios y de su glorioso evangelio? Verdaderamente que por “haberse multiplicado la maldad, la caridad (el amor) de muchos” se ha resfriado. No cabe duda de que el tesoro del evangelio lo tenemos en vasos de barro (II Corintios 4:6-7). Porque los tiempos son malos es que se nos exhorta a “redimir el tiempo, es decir, porque hay tal cúmulo y avalancha de maldad, las oportunidades de pecar y de fallarle a nuestro Señor abundan y las de hacer su voluntad son relativamente escasas. A causa de este escenario desolador, y principalmente a causa de la apostasía generalizada, es posible que alguno piense que ya no queda otro testigo fiel que sólo él, como el Elías del Antiguo Testamento, pero Dios siempre tiene un remanente fiel, como los siete mil del tiempo de Elías, que no habían doblado su rodilla a Baal. Algunos dan por muerto al Concilio Internacional de Iglesias Cristianas y así sería si esta fuera una obra humana, pero estamos convencidos de que fue nuestro buen Dios que lo levantó y que él lo mantendrá. Ni en los días más obscuros de la Edad Media dejó Dios de tener algún pequeño grupo de creyentes fieles que conservaban el evangelio bíblico, el único verdadero. Así confiamos que lo está haciendo y lo hará en estos tiempos tenebrosos. A nosotros nos corresponde la enorme responsabilidad de que este testimonio contra la apostasía de la iglesia y la maldad de este mundo no se extinga. A nosotros nos corresponde obedecer el llamado y exhortación ardiente de nuestro Señor: “Sé fiel hasta la muerte…” (Apocalipsis 2: 10). Muchísimos de nuestros hermanos a través de la historia de la Iglesia desde su nacimiento hasta ahora mismo han sufrido la pérdida de sus bienes, cárcel, tortura y hasta la muerte, pero se han mantenido fieles. La mayoría de nosotros no hemos pasado y probablemente no tendremos que pasar, por esas duras experiencias, pero igualmente debemos mantener, proclamar y defender la fe preciosa que por la gracia de Dios hemos recibido, hasta el mismo momento que él nos llame a su presencia, conforme a su palabra, en Romanos 8: 35, 38 y 39: Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. Sin duda que los ecuménicos y apóstatas de toda clase vienen contra nosotros como un caudaloso río, como una avalancha, pero el espíritu del Señor nos ha levantado a los fundamentalistas como una bandera contra ellos (Isaías 59: 19). “Has dado a los que te temen bandera que alcen por la verdad” (Salmo 60: 4). ¡Sostengámonos firmemente, sin desmayar, esa bandera! ¡Mantengamos inconmoviblemente nuestra posición! ¡No retrocedamos, para evitar el combate! ¡Avancemos hasta la primera línea de la batalla! En cuanto a mantenernos fieles hasta la muerte, contendiendo eficazmente por la fe una vez dada a los santos (Judas 3), tengamos muy presente que este combate lo libramos individualmente, oponiéndonos, denunciando y echando mano de todo medio lícito para resistir y derribar toda acción que el diablo realiza por medio de sus servidores, recordando siempre que nuestras armas “no son carnales, sino poderosos en Dios para la destrucción de fortalezas” (II Corintios 10: 4) y que nuestro combate no es con ejército, ni con fuerza, sino con el Espíritu del Señor (Zacarías 4: 6). Esta lucha individual incluye el mantenernos apartados, sin compromiso alguno con los que no son irrestrictamente fieles al Señor. Pero también el Señor requiere que cerremos filas junto con todos nuestros hermanos fieles, para presentar un frente unido contra la apostasía. Esto es lo que hacemos, entre otros medios, en nuestros congresos y otras reuniones fundamentalistas, para estimularnos y apoyarnos mutuamente en la lucha encarnizada contra los adversarios de nuestro Rey y Señor. El esfuerzo y sacrificio financiero y de otras clases, que hemos hecho para congregarnos aquí debe ser una expresión de nuestra fidelidad hasta la muerte que Dios requiere de nosotros. Que el Señor nos dé, en esta reunión mundial, fortaleza y renueve nuestras fuerzas para continuar nuestra lucha contra el mal y la apostasía hasta el fin y nos permita retirarnos de aquí con convicciones más firmes y nuevas energías para oponernos y vencer a las fuerzas de Satanás. Que nadie de los aquí presentes vuelva atrás, de la espalda en la batalla, sino que, con la gracia de Dios, nos mantengamos fieles a Él hasta el fin, aunque nuestro tiempo sea tan malo y peligroso y tantos de los que han estado antes con nosotros se hayan alejado del combate y hayan vuelto atrás. Hermanos del Concilio Internacional de Iglesias Cristianas y de la Alianza Latinoamericana de Iglesias Cristianas: “Mantengamos firme la profesión de nuestra fe sin fluctuar, que fiel es el que prometió” (Hebreos 10: 23). |
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